Crítica de Backrooms de Kane Parsons
Una de las Películas de Terror más comentadas del año ha llegado por fin a salas españolas. Hablamos de Backrooms, debut en la dirección de Kane Parsons. Aquí mi crítica.
Érase una vez 2019, época en la que el creepypasta (la leyenda de terror originada y propagada en sitios web como 4chan) había evolucionado desde entes como slenderman hasta elementos todavía más abstractos. Los miedos generacionales dejaron de lado a los monstruos y empezaron a tener fijación por los espacios. Así fue como nacieron las backrooms, como ejemplo de imagen que se siente completamente «fuera de lugar». La imagen que dio lugar al mito fue una gran habitación alfombrada, de paredes amarillas y luminaria fluorescente. Los usuarios de internet teorizaron sobre dicho lugar, imaginando que dicha habitación es una de las seiscientas millones de millas cuadradas de habitaciones vacías, segmentadas de manera aleatoria. ¿Y qué hay más aterrador que el perderse en un laberinto infinito… y descubrir que no estás solo?
Bajo esta idea, un jovencísimo Kane Parsons de 16 años empezó una serie de cortometrajes en Youtube, ilustrando este fenómeno en el formato «found footage» o «metraje encontrado«. Estos cortometrajes, además de ser excelentes obras de terror, expandían el concepto original y los temas que emanaban de él. Las alteraciones de la realidad (atravesar muros y acceder a las backrooms), sugerían la existencia de realidades paralelas o que la vida es una simulación a lo Matrix. Lo mismo ocurría con los Doppelgängers, copias de los habitantes de la tierra que habitaban en dicha otra realidad. En definitiva, planteaban un universo terrorífico del espacio liminal, lugares vacíos y abandonados que resultaban inquietantes, y a menudo, surrealistas.
Años después, Kane Parsons estrena un largometraje bajo el logo de A24, expandiendo todavía más el concepto original e incorporando una narrativa con personajes y arcos. La historia sigue a dos personajes. Clark (Chiwetel Ejiofor), es el dueño de una tienda de muebles sin beneficios que lucha contra su alcoholismo y su reciente divorcio. Mary Kline (Renate Reinsve) es la psicóloga de Clark de pasado traumático. En un momento dado, Clark descubre accidentalmente que en el sótano de su establecimiento existe una entrada a las backrooms.
Con esta sencilla premisa, Parsons hace habitar distintas formas de terror en su debut como director. El primero es el que viene heredado del creepypasta original. El terror liminal. Cuando Clark se adentra en las backrooms y comienza a recorrerlas, le invade una sensación de vacío e incertidumbre que se traslada de igual manera al espectador. La cámara observa quieta, con distancia y grandes angulares, la extensión laberíntica de estos espacios de arquitectura imposible. El diseño sonoro, de música opresiva y atmosférica, hace crecer la sensación de que Clark no está solo, sino que está siendo observado y perseguido por algo. Y, finalmente, se produce esa persecución de tensión insoportable.
Lo curioso e interesante es cuando la película compara la realidad con las backrooms por medio de las formas. Clark no tiene casa, así que se ve obligado a habitar en su propia tienda, un lugar de grandes dimensiones. Duerme en una cama expuesta al público, pero en soledad. Se siente «fuera de lugar». Mary habita en una casa limpia, ordenada y diáfana, pero sueña con su terrorífica infancia y su antigua casa: un lugar oscuro y caótico. Y no son solo estos dos lugares, todo en Backrooms parece debidamente ordenado y colorido, artificial. La estética cobra pleno significado e importancia, volviéndose sugerente y estableciendo un discurso por medio de la propia imagen.
El segundo tipo de terror es el «metraje encontrado«. En pocos años se cumplirán 30 años desde el estreno de El Proyecto de la Bruja de Blair, película que popularizó el subgénero y que sirvió como modelo para muchos cineastas, pero muy pocos han conseguido igualar el resultado. El valor del found footage no está solo en la experiencia inmersiva que supone rodar terror en primera persona, sino en lo puramente estético del formato. Aquella película de 1999 confundía y aterrorizaba al espectador por medio de la textura de la imagen, la poca nitidez de las mismas y la sugestión en los personajes y, por ende, en los espectadores.
Backrooms tiene usos realmente brillantes del found footage. Clark reúne a dos jóvenes para que le acompañen a explorar las backrooms con una cámara de video (la historia está ambientada en los años 90, por lo que la calidad de la grabación es la de aquella época); de esta manera todo un pasaje de la película regresa a los cortometrajes originales del director. La película abandona así su estética digital pulcra y lavada para adentrarse en una imagen sucia, de baja resolución y en 4:3. Cuando los personajes se adentran en las profundidades de las backrooms, todo adquiere un carácter mucho más inquietante. Las sombras, los bordes de la imagen, la exposición y la falta de nitidez nos hacen ver cosas que quizá estén ahí, o quizá sean imaginaciones nuestras. Así es como llegamos a los momentos de mayor pánico de la película, en una persecución angustiosa dirigida con brillantez.
La tercera expresión del terror es más moderna y asociada a ese concepto de «terror elevado». El terror que sirve como expresión del trauma. Que los personajes arrastren algún tipo de trauma es algo muy habitual en el cine de terror contemporáneo y Backrooms no es la excepción. El problema surge cuando el guion sufre construyendo personajes con su pasado para luego soltarlos en las backrooms y convertirlos en carnaza. Hay ideas interesantes sobre la realidad paralela, los recuerdos deformados y el enfrentamiento directo con ellos, pero todo esto queda más enunciado que propiamente desarrollado. Flaquea en el drama, así que se apoya en las interpretaciones, esperando que los actores aporten más de lo que el texto es capaz de transmitir.
Backrooms es una apuesta mucho más convencional de lo que son los cortometrajes originales. Tanto que da una vaga explicación de los eventos de la película. Quizá la explicación no sea tan decepcionante como la forma en la que ésta se da al espectador, de forma puramente expositiva y verbal. El terror liminal se aprovecha de la descolocación espacial, de la incertidumbre y la falta total de explicaciones racionales. En busca de hacerla más atractiva para el público mayoritario, Parsons (y la productora) ha sacrificado lo abstracto para hacer de este universo algo más manejable. Como consecuencia, Backrooms es más discreta y menos ambiciosa de lo que sugería su premisa.
Y, aún así, es una interesante y prometedora opera prima que invita a seguir explorando este universo y la carrera de su director.





