Crítica de El Ser Querido de Rodrigo Sorogoyen
Tras su paso por el Festival de Cannes de 2026, por fin llega uno de los estrenos más importantes del año. Una de las 3 películas españolas que han competido por la Palma de Oro, junto a La Bola Negra de los Javis y Amarga Navidad de Pedro Almodóvar ya está en la salas españolas. Aquí tenéis mi crítica de El Ser Querido, la nueva película de Rodrigo Sorogoyen.
El hype, ese término tan de moda para referirnos a la expectación que genera un evento o una nueva película, puede condicionar el visionado de la misma. Es sencillo dejarse llevar por las expectativas, pero el trabajo del crítico es dejar eso (y mucho más) a un lado. Porque ese hype puede condicionar, para bien o para mal, el visionado de cualquier obra. También es necesario recordar que no existe ninguna garantía cuando se trata de artistas y de sus obras. Un buen director es capaz de hacer una mala película, al igual que un mal director puede hacer una buena película. Ejemplos los tenemos a montones.
¿Es El Ser Querido una mala película? No, pero está lejos del resto de películas de su director. Rodrigo Sorogoyen es uno de los cineastas que sobresalen en el universo cinematográfico español contemporáneo. Uno que se ha formado en el terreno de el thriller (desde el policiaco Que Dios nos Perdone (2016) o la serie Antidisturbios (2020) hasta el político de El Reino (2018). Pero uno que quiere dejar atrás el género para profundizar en el drama, como hizo ya en Madre (2019) y como volvió a hacer en 2024 con la serie Los Años Nuevos.
Cualquiera pensaría entonces que este drama meta-cinematográfico sobre relaciones paterno-filiales es un paso adelante en la carrera de Rodrigo Sorogoyen. Pero lo cierto es que su pico como cineasta llegó con As Bestas (2022). Su thriller gallego no solo era un apasionante ejercicio de contención y suspense, sino que el último acto viraba hacia el drama, elevando el conjunto de forma orgánica y nada forzada. Su nueva película, en cambio, no se caracteriza por nada de eso.
El Ser Querido comienza con la secuencia más importante, a nivel dramático, de la película. El reencuentro entre el padre, Esteban (Javier Bardem) y la hija Emilia (Victoria Luengo). Él es un tiránico director de cine que ha rehecho su vida al margen de su anterior mujer y de su ya adulta hija. Ella es una joven actriz que todavía no ha tenido la oportunidad de lucirse en un buen papel. En esta larga conversación de 18 minutos, Esteban propone a Emilia protagonizar su próxima película. Ahí salen a flote los temas fundamentales de la película: el dolor por la ausencia del padre, la violencia patriarcal, el alcoholismo, el cine… Y todo ello supone un preámbulo para el resentimiento. La escena está rodada con un ligero registro documental, en la que Sorogoyen cierra progresivamente el encuadre hasta que el escorzo de uno se come el rostro del otro.
El problema es que el grueso del filme, es decir, el rodaje de Desierto, dista bastante de cumplir con las expectativas que la primera secuencia nos ha creado. Rápidamente nos trasladamos a Lanzarote y seguimos, en un punto de vista compartido y alterno, al director y a la actriz. Casi siempre, por separado (las habitaciones de hotel no pueden ser más distantes) y coincidiendo o en rodaje (lugar donde se dan la mayoría de interacciones) o en lugares comunes, donde apenas se hablan.
La situación da pie a muchas posibilidades. Un director que debe mirar a una hija a la que nunca ha mirado. Una hija en busca de validación, mirada por primera vez como actriz y como hija. La tensión y el ansia parecen palpables en momentos como en el desayuno, cuando Esteban sigue con la mirada a su hija, mientras escucha la banda sonora de su película. Y como cuando Emilia observa a su padre, acompañado de su nueva familia, sin nunca intercambiar miradas.
Esto, que así descrito parece tan potente, no está ejecutado de forma tan creativa como la primera secuencia. El guion de Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña es el peor que han escrito hasta la fecha. Es sorprendente el escaso valor dramático de la mayoría de secuencias, tanto las que protagoniza Emilia (que se relaciona con el equipo de técnicos) como las de Esteban (más cercano a producción y los actores). Se rodean de personajes secundarios que, en realidad, son poco menos que herramientas. Gente sin identidad, con muy poco papel, escasísimo diálogo y nula profundidad o interés. Solo hay dos, la directora de fotografía y la directora de producción, que en cierto punto de la película resultan relevantes, pero no han tenido construcción previa. La foquista tiene más minutos en pantalla que ellas dos juntas, y es, dramáticamente, menos importante.
Esta es una película, exclusivamente, sobre Esteban y Emilia. Todo lo demás, todo lo que les rodea, son adornos, no complementos. Sucede lo mismo con la localización. Formentera es el escenario que Esteban y el equipo de la película han elegido para emular el Sáhara Occidental, durante la colonización española. Pero ni el Sáhara, ni las consecuencias de la colonización, son temas reales del filme. El desierto, las montañas y la playa no juegan un papel dramático y apenas estético porque la cámara del director no aprovecha estos espacios, como sí los usaba en Madre o As Bestas.
La película pretende nutrirse de una cierta rigurosidad en el funcionamiento técnico de un rodaje. Cada uno cumple una función real, con equipos auténticos. Pero este factor, que debería aportar realismo y profundidad a las escenas, queda bastante desvirtuado en una puesta en escena que únicamente tiene ojos para Esteban y Emilia. En ocasiones, el meta-cine juega a favor de la narración, como cuando Esteban muestra a su hija los brutos del día de rodaje y Sorogoyen juega con la percepción del espectador. Sin embargo, en una de las secuencias más comentadas de la película, que tiene lugar durante la filmación de una cena, se pierde algo de credibilidad. La excusa empleada desde guion para que Esteban estalle y provoque una situación violenta y de maltrato laboral es absurda. Tan absurda que cuesta creérsela.
Uno de los recursos que más debilitan el dispositivo de Sorogoyen es el juego con los formatos. Según él, la película habla sobre cómo se cuentan las historias (los personajes han creado su propia narrativa del pasado, y no siempre coinciden). Para expresar esto mediante la forma, el director emplea diferentes técnicas: imágenes en color y en blanco y negro (en momentos de mayor introspección, casi siempre en planos cortos). Formatos digitales y analógicos. Diferentes relaciones de aspecto. Todo esto son énfasis estéticos que la película no necesita. Todo se siente impostado y superficial. No hay un solo plano en blanco y negro que funcione por estar en blanco y negro y no en color. Se siente un recurso caprichoso.
Incluso cuando Rodrigo Sorogoyen sale de su zona de confort y arriesga como aquí, sigue siendo un estupendo director de actores. Las interpretaciones de Javier Bardem y Victoria Luengo no son el problema en la película. Son más bien su salvación, sobre todo cuando ellos se adueñan de la escena. Pero una película no puede ser solo una buena interpretación, y El Ser Querido tiene poco más que ofrecer. A lo largo de la cinta hay algunas buenas decisiones (la forma en que Sorogoyen rueda a Bardem cuando se enfrenta a la directora de fotografía, el ambiente sonoro en la carpa del director, cómo emplea el humor como herramienta de suspense). Pero no son más que pequeños destellos.
En definitiva, El Ser Querido es fácilmente la peor película de Rodrigo Sorogoyen y para mí una de las mayores decepciones del año. Es sencillo vaticinar que la temporada de premios se centrará en las interpretaciones y no tanto en los aspectos más fallidos del filme, aunque su buena recepción crítica sugiera todo lo contrario.





