Crítica de La buena hija de Júlia de Paz
En 2021, la directora Júlia de Paz Solvas estrenaba el Cortometraje Harta, por el que ganó el Premio Gaudí a Mejor Cortometraje. 5 años después estrena su ampliación en formato largometraje, bajo el nombre de La buena hija.
Las premisas son similares. En el cortometraje, Carmela es una niña de 12 años que debe encontrarse con su padre en un centro de encuentro familiar el día de su cumpleaños. A partir de ahí descubrimos que así lo dicta la sentencia por violencia de género que pesa sobre sus hombros. En la película, Carmela (Kiara Arancibia) tiene 15 años y parte de la misma situación, pero su actitud es radicalmente diferente. Mientras que la Carmela de 12 años reaccionaba con miedo y precaución a la conducta manipuladora y violenta del padre, la Carmela de 15 abraza a su padre con todas sus fuerzas, ignorando su pasado violento.
La directora reformula las claves de su cortometraje en el guion de su película. Si en un caso la niña no quería separarse de su madre para no compartir espacio con su padre, en el otro es al revés. La incomunicación entre madre e hija es total. Una se encierra en su cuarto y la otra en el baño con el agua corriendo. Cada una busca apoyo en sus círculos cercanos, pero no entre ellas. En cambio, los primeros encuentros con el padre rezuman calidez. La cámara que seguía de cerca a la protagonista del cortometraje, queriendo transmitir incomodidad (aunque subrayando demasiado), aquí reaparece con el cometido opuesto. Los planos cerrados transmiten la ola de sentimientos que viven padre e hija sin subrayados. Se centra en sus rostros, que actúan como reflejo de la verdad.
El amor no dura demasiado. El personaje del padre, interpretado por Julián Villagrán (mismo actor que encarnaba al padre en el cortometraje) es un experto manipulador. Utiliza a su hija como mediadora entre él y su exmujer, quien está en proceso de sanación tras una ruptura que intuimos como violenta. Digo intuimos porque la película omite deliberadamente toda seña de violencia y opta por una construcción más sutil. La presencia de dos agentes de policía en el inicio, el centro para encuentros familiares y, sobre todo, detalles en las interpretaciones revelan todo el contexto que nos falta. Esta sutileza se aplica de igual manera a este padre, cuya careta de buen tipo se cae cuando su hija le desobedece. Solo entonces vemos el primer gesto de violencia y, desde entonces, ni la protagonista ni la cámara le mirará con los mismos ojos.
El cortometraje desarrollaba sus temas con brocha gorda. La película, en cambio, ofrece un guion mucho más minucioso y elaborado. Nada que extrañar viniendo de una de las creadoras y guionistas de la miniserie Querer y ya integrante de la nueva generación de directoras de cine españolas. Sin embargo, hay cosas que se quedan a medias. Parece que la directora quiere llegar a alguna parte con las subtramas que plantea en el entorno escolar, pero nada más lejos de la realidad. Los intereses amorosos y las relaciones de amistad sugieren un coming of age, pero éste nunca termina de florecer. Y, ya que hemos mencionado Querer, tampoco puede medirse con el guion de la miniserie y la forma en la que analiza las dinámicas familiares de control y manipulación, heredadas de padres a hijos. La buena hija se acerca a reflexiones sobre este tema, pero se queda en anécdota.
Conforme la carga dramática aumenta, son más palpables los problemas de la directora para guiar a la historia. Momentos como la pelea escolar dejan ver a una cineasta que tiene las ideas claras pero que todavía se ve verde en los resultados. Esto y demás factores, como la secuencia de cierre, impiden que La buena hija sea una película redonda. Sin embargo, son varias de sus virtudes la que la convierten en una película valiosa. La dirección de actores y el uso de los silencios en las conversaciones en escenas como la del coche es realmente potente.
En definitiva, La buena hija supera narrativamente al cortometraje pero se queda en la antesala de ser una gran película sobre las relaciones de maltrato durante la adolescencia. Sin embargo, demuestra que Júlia de Paz es una directora más que capaz de hacer una gran película.






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