Crítica de Amarga Navidad de Pedro Almodóvar
La primera vez que Pedro Almodóvar se dobló en la ficción fue en 1987, cuando Eusebio Poncela interpretó a un director de cine en La ley del deseo con parecidos sutiles al manchego en su sexto largometraje. Desde entonces, la auto-ficción ha sido un elemento inseparable de la filmografía de Almodóvar. Así lo demuestran otros cuantos directores de cine y escritores en La flor de mi secreto (1995), La mala educación (2004), Los abrazos rotos (2009), Dolor y Gloria (2019) y ahora Amarga Navidad (2026).
Que un director se represente a sí mismo en la pantalla a través de un alter ego no es nada nuevo en el cine contemporáneo. Steven Spielberg lo hizo con Los Fabelman (2022), Paolo Sorrentino con Fue la mano de Dios (2021) y Víctor Erice con Cerrar los Ojos (2023). Pero la diferencia entre estos cineastas y Almodóvar es que él lleva haciéndolo desde sus inicios. Su productora se llama El Deseo por la película de 1987 antes mencionada. Ya entonces, el director se hacía preguntas interesantísimas sobre los límites de la realidad y la ficción. Tema que reaparece con mucha más madurez e introspección en su última etapa. Se ve reflejado a la perfección en Dolor y Gloria, donde Antonio Banderas (caracterizado como el propio Pedro) mantiene un diálogo ficticio y confesional con su madre, ya fallecida.
No es que en Amarga Navidad, Leonardo Sbaraglia interprete a ese mismo director de Dolor y Gloria, pero sin duda todos son reflejos de diferentes facetas del propio Almodóvar. Este director, de nombre Raúl Durán, comienza a escribir una nueva película titulada Amarga Navidad a partir de la siguiente idea. Elsa, una directora de publicidad representada por Bárbara Lennie, sufre un ataque de ansiedad durante la víspera de Navidad. Esto le hace darse cuenta de que su sobrecarga de trabajo y el dolor reprimido por la muerte de su madre la han llevado a esta situación. Para remediarlo, se aísla en Lanzarote y comienza a escribir una película de ficción sobre su propia situación.
Aquí todo es simetría y dualidad en este laberinto de espejos. Elsa (Lennie) es el alter ego de Raúl (Sbaraglia) en su guion. Bonifacio (Patrick Criado), el joven novio stripper de Elsa, es Santi (Quim Gutiérrez), la joven pareja del director que vive bajo su yugo. Patricia (Victoria Luengo), la amiga y compañera de Elsa, es Mónica (Aitana Sánchez-Gijón), quien ejerce el mismo papel en la vida de Raúl. Y, al final, la figura que prevalece sobre todos estos personajes y sus dobles, es el propio Pedro Almodóvar.
Amarga Navidad es mucho más que un melodrama auto-ficcional. Es una reflexión tremendamente honesta del director manchego hacia el siguiente concepto: la vampirización del entorno del cineasta. Tanto Elsa como Raúl, personajes-reflejo, recurren a gente cercana para eludir un bache creativo. Raúl se encuentra inmerso en la escritura de la obra que asegura será un éxito. Elsa, una cineasta «de culto» por haber dirigido películas de escaso éxito, decide utilizar su situación como trampolín para un nuevo proyecto. Y ambos personajes, además de mirarse a sí mismos, roban las vidas de la gente que les rodea y las introducen sin reparo en la ficción.
Almodóvar abre un debate interesante sobre los límites morales en la escritura de una obra de ficción, pero decide enfocarlo en las consecuencias fatales en la vida privada del autor. Tanto Raúl como Elsa utilizan las desgracias de terceros como propulsor dramático en sus obras. En la ficción, dos personajes atraviesan una situación complicada. El personaje de Luengo, Patricia, mantiene una relación de odio y dependencia hacia su marido, al que no consigue dejar a pesar de tener motivos de sobra para hacerlo. Otro personaje, el de Natalia (interpretado por Milena Smith), sufre por la trágica muerte de su hijo y no halla consuelo en nada ni en nadie. Mientras tanto, en la realidad, Mónica (Sánchez-Gijón) hace compañía a su amiga que atraviesa una situación muy similar a la de Natalia.
Cuando el drama explota, se les recrimina este método a los autores y éstos se excusan alegando que «cambié los nombres» o que «no es exactamente igual». Nada de lo que sucede es culpa de ellos, pero la apropiación de tragedias ajenas es un ejercicio artístico cruel. Y asumir el juicio externo un ataque directo al ego creativo de cualquier autor. Almodóvar escribe esto de forma descarnada e impudorosa, en uno de esos ejercicios de honestidad difíciles de encontrar en el cine contemporáneo.
Las formas no se quedan atrás, como siempre en el cine de Pedro Almodóvar, aunque no sean tan destacables como en La habitación de al lado. La estética kitsch, los planos estáticos con leves y calculados movimientos de cámara y el uso del color son inseparables de su estilo. El rojo para señalizar elementos de gran intensidad emocional. El azul como reflejo de la soledad y la distancia emocional. El amarillo como conducto a la inestabilidad y fragilidad. Como en ocasiones anteriores, la banda sonora a cargo de Alberto Iglesias como siempre eleva las emociones que viven los personajes. Se solidifica, una vez más, una de las colaboraciones Compositor-Director más fructíferas del cine.
Más allá de esto, vemos cómo reaparece la comedia habitual de su autor en pequeñas dosis, como la escena con Carmen Machi en el hospital. El striptease de Patrick Criado retrotrae a la sensualidad desvergonzada del cine de los 80. Sin embargo, estos elementos se sienten arrojados sobre la película de forma menos orgánica que en otros títulos de su director. Aquí lo que prevalece es el melodrama. Todo lo demás queda en segundo plano, como un adorno.
Lo que no se queda atrás en ningún momento son las interpretaciones. Especialmente las de Bárbara Lennie, Victoria Luego y Aitana Sánchez-Gijón, quien finaliza la película con una escena de gran intensidad dramática, digna de aplauso. No por nada es conocido el talento de Almodóvar en la dirección de actores. Además, es un placer para los sentidos ver a Bárbara Lennie protagonizar una película suya. Otra interpretación para el recuerdo de una de las mejores actrices españolas de la historia.
Aunque el resultado sea desconcertante y el final arriesgado, Amarga Navidad requiere un reposo y reflexión obligatorios. Puede que estemos ante una de las obras más complejas y profundas de su autor, que no escatima en obras complejas y profundas. El tiempo dirá, pero con seguridad puedo afirmar que se recordará como una de las más originales e importantes de esta etapa.






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