Crítica de Send Help de Sam Raimi
Después de muchos años sin Sam Raimi, el director regresa por todo lo alto. En su última película, Send Help, Sam Raimi vuelve a brillar como antaño. Aquí mi crítica.
Sam Raimi, director estadounidense cuenta con una carrera más que consagrada en el género de las Películas de Terror. Ésta comenzó de forma tan inesperada como especial. En 1981 debutó con uno de los mayores hitos del cine de terror de Serie B de la década de los 80. The Evil Dead (Posesión Infernal), rodada con escaso presupuesto y medios, pero con muchísimo ingenio. Aunque podríamos decir que el Raimi más característico no aparece hasta su secuela: Evil Dead II (Terroríficamente muertos en español), donde la combinación de humor negro y absurdo con el gore y el cine de zombies congeniaba de forma demencial y con una dirección todavía más alocada. Por no hablar de la mejor de la trilogía: Army of Darkness (El ejército de las tinieblas), cuyo humor y estilo se acerca más a The Naked Gun que a la película de 1981.
El estilo de Raimi es muy reconocible. Aunque posteriormente haya desarrollado trabajos más comerciales como la trilogía de Superhéroes Spiderman (2002-2007), nunca ha abandonado su toque personal. Es una manera de escribir, combinando hábilmente lo cursi con lo profundamente serio. Lo aterrador con lo cómico. Lo épico con lo ridículo. Puede no ser el mejor guionista de su generación pero Raimi hace suyas las películas mediante la forma. Igual que George Miller en el Género de Acción (Mad Max), su estilo brilla cuando se encuentra en su zona de confort. Cuando la cámara se retuerce, la imagen se deforma, se contrae, o incluso se dobla. Cuando el terror, nunca abrasivo sino siempre divertido, rompe incluso con el dispositivo fílmico, produciendo una distancia irónica entre el espectador y la narración.
Este Sam Raimi apareció por última vez en 2009 con la película Arrástrame al infierno (Drag me to hell) y, desde entonces, años de vacío. Tan solo dos largometrajes: Oz: Un mundo de fantasía (2013) y Dr Strange en el Multiverso de la locura (2022). Esta última bajo las exigencias de Marvel y con un guion muy inferior al talento del director, aunque con secuencias más que dignas.
Así llegamos a Send Help (Enviad Ayuda), escrita por Damian Shannon y Mark Swift, guionistas de Los vigilantes de la playa (2013) y el remake de Viernes 13 (2009). Películas de una calidad cinematográfica muy baja, pero que en el título que nos ocupa aciertan en varios puntos clave.
Linda (Rachel McAdams) es una mujer trabajadora y peculiar que es maltratada por su nuevo jefe Bradley (Dylan O’Brien), una persona cuyo único mérito es ser el hijo del anterior CEO de la empresa. Bradley quiere que Linda demuestre su valor acompañándole a un viaje a Bangkok, pero la situación se complica antes de aterrizar. El avión se estrella en una isla desierta, dejando a los dos protagonistas como únicos supervivientes. Aquí, se invierten los papeles. El Bradley anterior, de vestimenta pija y actitud prepotente, ejercía dominancia y control sobre Linda. Pero el Bradley actual está herido y es incapaz de sobrevivir por sí mismo. Linda, antes presentada como una persona tímida y poco agraciada, encuentra en la isla su liberación física y mental, como una superviviente innata.
El juego de control y dinámicas de poder propiciado por el cambio de roles es sumamente divertido y progresivamente interesante. El guion no oculta sus referentes (Misery, Naufrago) , aunque no los expone tampoco de manera directa y evidente. Le gustaría ser más sorprendente, pero no va mucho más allá de los clichés propios de las películas ya mencionadas. Él tratará de engañarla, haciéndose pasar por su amigo para más tarde traicionarla. Ella se vengará, pero poco a poco irá encariñándose de él hasta un punto algo enfermizo. La película presenta algunos giros, uno de los cuales requiere cierta suspensión de la incredulidad y genera unas expectativas que, sin embargo, no alcanza. Sin entrar en muchos detalles, la película plantea una home invasion que no termina de alcanzar todo su potencial, ni muchísimo menos.
Si Send Help no estuviese bajo la dirección de Raimi, quizá no estaríamos hablando de ella. Pero él hace este guion suyo, ya sea por detalles que él mismo ha aportado o por la idea de los guionistas de que pase por sus manos. El accidente de avión no es un calco de Naufrago, que era seco y directo, sino una escena de comedia negra que combina el gag con la acción, usando el espacio y el sonido a su favor. La cacería a un jabalí no es tanto una escena de suspense como una pelea sangrienta y grotesca, empapando a Linda y a la lente de la cámara con sangre y mocos del animal. Hay decisiones tonales y estéticas que dotan de identidad a momentos que, de por sí, parecerían muy vistos.
Las imágenes de Raimi no rechazan los excesos, sino todo lo contrario. Aunque no busca una imagen grotesca, y menos una realista, sí da con momentos de gran visceralidad. Un ejemplo es la escena de la castración, la cual, aunque usa el fuera de campo, es tan aterradora como brutal. También está el enfrentamiento final entre ambos, una pelea física que recuerda a la brutalidad cómica de Posesión Infernal. Todo esto y mucho más muestra a un Raimi en estado de gracia que, aunque recurra más a efectos digitales que a los analógicos, no pierde su esencia.
La cámara no se encuentra limitada por espacios abiertos, sino que los usa a su favor con total libertad. Los escenarios, de origen natural, se van civilizando conforme los personajes se hacen dueños del entorno. En su último tramo esto se revierte, volviendo a su estado natural y hostil, aunque el escenario cambie de forma radical. Un juego de lo más original. Aunque a simple vista todo se presente como naturalista, Raimi rechaza toda forma de realismo. Desde la luz hasta la incorporación de elementos de corte onírico o fantástico, como la escena más aterradora de la película (en la playa, de noche, con un paisaje neblinoso y oscuro).
Son esa clase de momentos los que hacen que Send Help no sea una película del montón. Esto y unas estupendas interpretaciones de Rachel McAdams y Dylan O’Brien, completamente entregados en sus papeles y con diferentes registros. Ella posee una gran presencia en pantalla, siendo alguien de quien te compadeces y, al mismo tiempo, temes. Él no se queda muy atrás, siendo un sufridor nato y alguien profundamente antipático y manipulador.
En definitiva, Sam Raimi está de vuelta y lo demuestra con una película marca de la casa: ligera, divertida y violenta. Esperemos que la espera para la siguiente no se prolongue demasiado, porque siempre es un placer tener títulos como este.






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