Crítica de Kill Bill: The Whole Bloody Affair de Q. Tarantino
Kill Bill no fue concebida por su creador, Quentin Tarantino, en el formato doble que conocíamos. Kill Bill: Vol 1 (2003) y Kill Bill: Vol 2 (2004) fueron dos iconos de la cultura pop de los años 2000 pero no se estrenaron en la forma que su director ideó. En realidad él imaginó originalmente una ambiciosa super producción del Género de Acción de 4 horas de duración pero los productores prefirieron algo más comercial y menos sangriento. Durante años se habló de la versión «no censurada» de la obra de Tarantino y ahora, no solo podemos verla, sino que podemos disfrutarla en cines.
Enfrentarse a las 4 horas y media de Kill Bill: The Whole Bloody Affair es tarea sencilla para los fans. El 95% es de sobra conocido, pero ese 5% son escenas inéditas. La principal novedad es una secuencia del segmento de animación, en la que O-Ren Ishii se enfrenta al sicario que mató a su padre en el flashback que narra sus orígenes. La escena se desarrolla en un ascensor en clave de acción. Esta secuencia que no entró en montaje en su momento, no es algo que yo eche de menos. Su espectacularidad rompe demasiado con el tono del resto de momentos anime, bastante más sobrios. Aunque sin duda es mejor que el corto a modo de epílogo que incluye esta versión, que es un despropósito sin parangón.
Más allá de estas dos secuencias, el resto de «momentos inéditos» son detalles. En el flashback anime, podemos ver un plano del pecho abierto del Jefe Yakuza que se eliminó del montaje. El enfrentamiento contra los 88 Maniacos que era en blanco y negro (un método de censura estético) ahora es en color. La eliminación del cliffhanger que finalizaba el Volumen 1 para generar intriga por el Volumen 2 es quizá la mejor aportación de este mega-montaje, dejando la sorpresa para el último acto de la película. Todo esto no cambia la experiencia, sino que la matiza.
Este nuevo montaje hace que re-pensar Kill Bill como un todo y no como dos películas sea más sencillo. Mientras que su primera mitad está enfocada en la acción y la búsqueda frenética de venganza, la segunda es más reposada y reflexiva. Quentin Tarantino, aunque sea un fan de la violencia, también sabe en ocasiones huir de ella con elegancia. El mejor ejemplo es el clímax de Érase una vez en… Hollywood (2019), en el cual Sharon Tate y sus acompañantes no son masacrados por los secuaces de Charles Manson, sino que se enfrentan a los protagonistas ficticios del relato. Es la forma que utiliza el director para decir que la violencia se queda en el marco de la ficción y se esquiva en la realidad por respeto a las víctimas.
El clímax de Kill Bill da un giro inesperado. Deja de hablar de la muerte para dar paso a la vida, la identidad, el amor y la maternidad. No es una pelea, sino una conversación entre dos viejos conocidos. La muerte de Bill no es una venganza, sino un acto moral. Aquí, y no en toda su violencia, es donde habita el verdadero discurso de Tarantino sobre su obra.
Sin embargo, la película evidencia algunas de las carencias del director. Nunca he sido de aquellos que critican a Tarantino por todo, pero tampoco de los que le alaban sin reservas. Aquí podemos admirar tantas cosas como las que podemos cuestionar y criticar. Primero, la «tarantinización» de material ajeno, como la música de Ennio Morriconne para películas como El bueno, el feo y el malo (1966) o Il Mercenario (1968). Composiciones exquisitas usadas aquí de forma fetichista y superficial. Momentos como cuando Budd inmoviliza a la protagonista, rodados de forma bastante poco creativa, parecen ser mucho mejores de lo que son por la música, pero ésta no es otra cosa que un bonito envoltorio.
Esto me lleva a hablar de los múltiples géneros y estilos que confluyen en Kill Bill. Yo defiendo, dentro de lo que cabe, la apropiación que hace Tarantino de elementos de otros directores, pero solo cuando esto le conduce a crear algo propio y genuino. Por ejemplo, Malditos Bastardos (2009) o Los Odiosos Ocho (2015), que no viven a costa de sus referencias e imitaciones. En cambio, Django Desencadenado (2012) es demasiado deudora de una retahíla de títulos del Spaguetti Western. Kill Bill es el máximo exponente de esto que comento.
Tarantino señala con descaro todos sus referentes estéticos y narrativos sin que el resultado pueda llegar a medirse con ninguno de ellos. Sin pretenderlo, Kill Bill se acerca más a la clásica imitación norteamericana de la cinematografía asiática que a lo que aspira. Tiene las coreografías de Shogun Assassin (1980) pero la locura está demasiado medida y controlada. Encontramos la estética de Lady Snowblood (1973) pero ésta es anecdótica, a modo de postal. Vemos los colores y localizaciones de un Wuxia, pero no la inventiva lúdica con la cámara de aquellas películas. Y entre todo eso, el diálogo de Tarantino, tan autocomplaciente como reiterativo.
En resumen, Kill Bill: The Whole Bloody Affair hace cierta justicia a la visión original de Quentin Tarantino, pero no aporta nada nuevo ni soluciona lo que falla en el montaje original.






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