Crítica de Sorda de Eva Libertad
Los debuts de directoras españolas no paran de inflar de calidad el panorama cinematográfico español. Solo en la última década hay títulos maravillosos como Las Niñas (2020) de Pilar Palomero, Cinco Lobitos (2022) de Alauda Ruiz de Azua, Las Chicas están bien (2023) de Itsaso Arana o Salve María (2024) de Mar Coll. Ahora se suma a la lista, y con gran relevancia, Sorda. Después de su paso por la Berlinale de 2025 y de hacerse con la Biznaga de Oro a la mejor película española en la 28º edición del Festival de Málaga, llega a las salas españolas esta semana. Os dejo con mi crítica de Sorda de Eva Libertad.
Partiendo del cortometraje Sorda (2021), escrito por Eva Libertad y codirigido con Nuria Muñoz (productora del largometraje), hay muchas pistas que adelantan cómo es la película. Primero, su protagonista, Miriam Garlo, mujer sorda que interpreta a una persona con su condición. Segundo, la diferencia entre acompañar a Miriam (el nombre del personaje) y estar dentro de Miriam. Acompañarla implica un retrato cercano y naturalista. Estar dentro cambia el sonido, ensordeciendo el relato y volviéndolo más subjetivo. Tercero, la herencia de un cine dirigido por mujeres que denota sensibilidad, que habla desde una perspectiva muy personal sobre temas como la maternidad, la familia, la independencia y un sin fin de conceptos.
No hay más que contemplar los primeros 3 minutos de Sorda para saber que la película está en buenas manos. La marca «Cine Español» aparece en pantalla en silencio, así como las productoras asociadas. Lo primero que vemos es un plano se seguimiento de Miriam (una cámara en mano nada agresiva) acompañada de su perro, rumbo a una charca. La luz, la elección de ópticas y el sonido (apacible, ordenado) transmiten calma, hogar, estabilidad. Ella cruza un riachuelo con seguridad y anima, con gestos, a su mascota a cruzarlo igual. Allí se baña con su pareja, Héctor (Álvaro Cervantes) sin ropa. Ninguno habla, solo les hace falta la mirada para entenderse y complementarse.
La película se presenta como una continuación y una expansión del cortometraje. La vida en pareja entre Miriam y Héctor se ve ligeramente perturbada por el embarazo de ella, pero el futuro parece positivo. Él es una persona atenta y complaciente con su pareja, alguien que sacrifica mucho para asegurar su comodidad. Ella tiende a rodearse de personas sordas y rehúye a las personas oyentes. La directora plantea esto desde el guion como si hubiese una diferencia de idioma.
Las personas sordas son excluidas al no poder formar parte de una conversación, al ser tratadas con condescendencia y vistas bajo un manto de prejuicios. Esto se traduce visualmente por medio del blocking. Tanto en las escenas de pareja como con personas sordas, se les muestra a todos compartiendo plano, con mucha profundidad de campo. En las escenas con personas oyentes (sus padres, amigos y médicos) se recurre al plano y contraplano.
Todo cambia cuando la niña nace y resulta ser una persona oyente. Poco a poco, la película se puebla de personas oyentes, con menos presencia de gente sorda. La relación con Héctor (uno de los ejes centrales de la historial) comienza a ser cada vez más distante, separándoles en el plano. Ella cada vez se presenta más aislada en el plano por medio de la composición. Este proceso es apenas perceptible, pero la directora se asegura de transmitir la misma angustia y desasosiego que siente Miriam. El sonido se convierte en la herramienta más sutil de todas. Todo comienza a ser notablemente más ruidoso, más agresivo, más evidente. Esto coloca al espectador en una encrucijada al comprender ambos mundos, el sordo y el oyente.
Esta situación se suma al otro eje central de Sorda. Su hija, oyente, no tiene un vínculo con su madre ni las herramientas de Héctor para entenderla. Su madre parece una extraña, alguien que pasa tiempo con ella pero a quien no percibe. Y esto genera una frustración enorme a Miriam, quien se esfuerza en emplear con ella la lengua de signos sin resultado. Una de las mejores escenas de la película es cuando su hija dice su primera palabra. Lo ve y escucha su padre, pero no su madre. Héctor (brillantemente interpretado por Cervantes) trata de que lo diga en la lengua de signos para Miriam sin conseguirlo.
Todo culmina en los 15 últimos minutos, cuando la película se vuelve totalmente subjetiva y se ensordece. Regresando al dispositivo del cortometraje, y mejorándolo, ahora estamos en la mente de su protagonista y vemos el mundo igual que ella. El silencio que la acompaña, con sutiles vibraciones y ambientes, se siente desolador al inicio (en el punto más bajo para la protagonista) y se convierte en algo mucho más gratificante al reunirse con otra gente sorda. En estas escenas, Eva Libertad recurre a planos subjetivos, a eliminar la profundidad de campo y a utilizar un ritmo ligeramente diferente. Es otro punto de vista, con un lenguaje diferente que únicamente se emplea en la última parte (si no, el recurso se hubiera agotado igual que en el cortometraje).
No termino mi crítica de Sorda, de Eva Libertad sin alabar que es una película pensada desde la absoluta empatía y accesibilidad. Toda ella está subtitulada, pensando en un público oyente y uno sordo. Es cierto que repite muchos de los tics más habituales del cine español más reciente, haciéndola menos novedosa que otras propuestas recientes como Los Destellos, de Pilar Palomero. Pero eso no le resta virtudes, que son muchas.
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