Crítica de Morlaix de Jaime Rosales
Después de su última película en 2022, llega a selectas salas españolas Morlaix, la nueva y estupenda película de Jaime Rosales. Aquí mi crítica.
Jaime Rosales, cineasta español nacido en 1970, tiene una de las filmografías más peculiares del panorama cinematográfico español de la actualidad. Nunca exento de polémicas, su cine navega entre distintos territorios del drama (el familiar, el político, el personal) con una propuesta narrativa tan específica como divisoria. No siempre ha tenido de su parte a la crítica, y menos al público, pero eso no ha impedido (que sepamos) que sus 8 películas tengan una personalidad arrolladora. Lo vemos en la ganadora del Goya La Soledad (2007), la polémica Tiro en la cabeza (2008) o la estupenda Petra (2018).
El estilo que permea en sus largometrajes, y probablemente también en sus cortometrajes, rápidamente puede relacionarse con Bresson. La estructura (tanto en la escritura como en el montaje) de sus películas le convierte en digno heredero del Director de El Dinero. Su concisa narración (a menudo recurriendo a las elipsis y midiendo la información de cada secuencia con cuentagotas) lo corrobora. Igual que Michael Haneke, otro director con el que se le puede comparar, emplea numerosos planos secuencias y un estilo literario en sus diálogos. Aunque otro referente notorio podría Yasuhiro Ozu, cineasta japonés especializado en mostrar la vida cotidiana de sus personajes de forma ascética mediante planos fijos.
Hay que decir que la película anterior de Jaime Rosales, Girasoles Silvestres, supuso un retroceso en su filmografía. Aquel filme de problemática lectura clasista y estructura episódica puede que sea el peor de sus títulos, aunque contaba con una maravillosa Anna Castillo en el papel protagonista. Morlaix, su nueva cinta enteramente hablada en francés, puede ser su mejor película desde Petra.
Morlaix es un coming of age clásico que se desarrolla principalmente en la homónima localidad francesa, en la costa este del país. Gwen (Aminthe Audiard) es una joven estudiante de secundaria afectada por la reciente muerte de su madre. Hay dos acontecimientos que marcan un antes y un después en su ahora atormentada vida. Primero, la llegada de un nuevo estudiante; Jean-Luc (Samuel Kircher), que se siente irremediablemente atraído por ella, a pesar de que Gwen tiene una relación con otro chico. Segundo, el estreno de una película local titulada Morlaix.
Jaime Rosales abre varios frentes durante el planteamiento de su película. Por un lado, el silencioso duelo de su protagonista, quien trata de aparentar normalidad a pesar de que su dolor es evidente para todos. Por otro, la historia de amor y juventud. Rosales no trata el coming of age como lo puedan hacer varias directoras españolas de la actualidad o Richard Linklater, cuya última película fue Hit Man, Asesino por Casualidad. Su aproximación es mucho más existencialista, tratando la adolescencia como una etapa de decisiones vitales y, de alguna manera, estrechamente vinculada a la muerte. De nuevo, al contrario que Linklater, el tiempo para Rosales no parece infinito sino finito. Cada momento cuenta, cada diálogo, cada gesto.
Aunque el cine de Rosales sea en apariencia realista, siempre hay cierta distancia con la realidad. En Petra, la tragedia griega eliminaba la verosimilitud del relato de un plumazo. En Morlaix -no la película de Rosales sino la película del mismo nombre que los jóvenes ven en el cine- es un reflejo de sus propias vidas. Son los mismos espacios, los mismos actores y la misma estética. La misma historia que veníamos viendo hasta ahora se detiene en un paréntesis ficticio en el que todo culmina con un fatídico y romántico final. Después de esta proyección, la historia continúa de otra manera (en la realidad), aunque en parte condicionada por el visionado de la otra. Así, Morlaix contiene varias películas en sí misma.
Este ejercicio meta no para de ganar complejidad gracias a varios de los recursos estéticos y narrativos de los que hace uso su director. La introducción hace un recorrido en color y formato panorámico por los espacios en los que va a transcurrir la historia. A continuación, el color da paso al blanco y negro (respetando el formato panorámico) durante su primer acto. En un momento dado, y de forma completamente arbitraria, este blanco y negro regresa de nuevo al color. El panorámico cambia al formato semi-cuadrado. A priori, no parece haber justificación narrativa para este salto, pero todo tiene su sentido. En Morlaix no hay una frontera clara entre la realidad y la ficción, entre la Morlaix en la que habitan y la Morlaix que visualizan en el cine.
Este juego formal, acompañado de recursos como el primer plano de la protagonista acelerado o la interrupción de la secuencia por medio de fotografías tomadas en el momento, se relacionan directamente con el coming of age. Rosales desvincula cada formato de intenciones narrativas o dramáticas porque Morlaix es un ejercicio de libertad. Y esta libertad da vía a libre a su director para revisar las formas de su propio cine. La juventud se rueda con planos estáticos, en los que los personajes se mueven con total independencia de dónde esté situada la cámara. El mismo estatismo con el que rodaba La Soledad o Tiro en la Cabeza. En cambio, en la edad adulta (el último acto de la película), Jaime Rosales emplea el trabajo de cámara y puesta en escena de Petra o Girasoles Silvestres. Una steadycam que vuela por la escena con total independencia, en constante movimiento.
¿Pero cómo encaja todo esto? Esta estructura que combina la muerte con la juventud, el amor con el paso del tiempo y el propio cine como distanciamiento y como reflexión parece increíblemente compleja. Lo cierto es que Rosales consigue aligerarlo con un montaje extraordinario, haciendo sencillo lo originalmente enrevesado. Todo fluye con la naturalidad de una película de Rohmer (otra gran referencia por la manera en la que todos estos temas se combinan con total naturalidad por medio del diálogo). Y el final, en vez de complicarlo todo más, cierra la historia gracias a una nueva abstracción. La protagonista, en la edad adulta, vuelve a ver Morlaix y todo muta frente a sus ojos, revirtiendo la historia y dando un nuevo sentido a la película de Jaime Rosales. Quizá dé pie a una decisión vital en la vida de Gwen. Quién sabe.
El discurso más conmovedor de esta película es el que se relaciona con el propio medio cinematográfico. La forma en la que vemos la vida a través del cine. La manera en la que proyectamos nuestras vivencias en las historias que vemos en la gran pantalla condiciona las decisiones vitales que tomamos en nuestra vida. Pero esta es solo una de las muchas conclusiones que podemos sacar en claro de esta fascinante película.
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