Crítica de Marty Supreme de Josh Safdie
Tras su paso por el Festival de Cine de Nueva York y optar a 9 premios Oscar, se estrena en España Marty Supreme, la nueva película de Josh Safdie, el 30 de enero. Uno de los títulos imprescindibles del año. Aquí mi crítica.
El drama deportivo es aquel en el que el deporte es el principal impulsor dramático. Pongamos de ejemplo la película Rocky (1976). La historia de Rocky Balboa, un boxeador de bajos fondos cuya meta es combatir contra el campeón mundial de los pesos pesados. Pero Rocky no es solo la historia de un combate físico, sino un combate en todos los ámbitos de la vida. Rocky se enfrenta a las dificultades y prejuicios de su clase social, a la dura relación con quien ha ejercido de su entrenador durante muchos años y a la relación amorosa en la que se encuentra sumergido. Y, aunque finalmente no gane a su rival en el ring, ha vencido a la vida.
Esta estructura dramática ha sido empleada en muchas producciones similares, empezando por las secuelas de Rocky. Un ejemplo más reciente es la famosa miniserie de Netflix Gambito de Dama, cambiando boxeo por ajedrez. No solo incluye elementos reconocibles de la primera Rocky, sino de todas y cada una de sus secuelas. El inicio en la pobreza. La muerte del manager después de perder su primer combate. Reaprender con su antiguo rival. Incluso el conflicto entre EEUU y la URSS, cambiando a Iván Drago por un ajedrecista ruso. Así, el deporte no es más que el medio para trazar arcos evolutivos de personajes que empiezan sin nada y acaban por todo lo alto (la serie de Movistar Yakarta, sin ir más lejos). O al revés, como sucede en Toro Salvaje de Martin Scorsese.
Marty Supreme comienza en un mundo igual de reconocible. Marty (Timothée Chalamet) es un joven de 23 años ambicioso, buscavidas y profundamente arrogante que ansía ser campeón mundial de ping pong. El primer acto de la película recorre su trayectoria en el British Open de 1952 hasta jugar contra el frío y calculador campeón japonés. Marty pierde la final y regresa a su casa pensando en la revancha.
Así visto, poco distingue a esta película de las producciones que he mencionado antes, pero la realidad es que no tiene nada que ver. Primero, por su director y guionista, Josh Safdie. Cineasta neoyorkino que ha desarrollado gran parte de su carrera en el cine independiente. Fue junto a su hermano, Benny Safdie, con quien codirigió los títulos más importantes de su filmografía. Heaven Knows What (2014)sobre el frenesí del día a día de una joven drogadicta de 19 años. Good Time (2017), sobre la odisea nocturna de sacar a un hombre de la cárcel. Sin embargo, su obra maestra Diamantes en bruto (2019), sobre un joyero que se endeuda por encima de sus posibilidades. Películas caóticas, angustiosas, claustrofóbicas y desquiciantes sobre personajes moralmente grises, imperfectos y, en muchas ocasiones, despreciables.
Tras la separación de los dos hermanos, cada uno ha dirigido en solitario un largometraje. Benny se encargó de la decepcionante The Smashing Machine (2025) y Josh de la magnífica Marty Supreme, siguiendo la fórmula de sus anteriores títulos. Porque, lejos de lo que pueda parecer por su primer acto, Safdie elabora una más que ambiciosa, elaborada y alocada Comedia de su carrera. La película no presenta un arco evolutivo en el que Marty se redime o aprende a ser mejor jugador para así vencer a su oponente y a la vida. Lo que presenta es la búsqueda incesante del dinero para que Marty, un narcisista rastrero e incorregible, viaje a Japón y pueda demostrarse a sí mismo que no es un donnadie.
La película se cuenta a través de los ojos de su protagonista, al que no sabes si despreciar o admirar. Mientras que Howard, el personaje principal de Diamantes en bruto, era un lunático adicto al juego y a la adrenalina, Marty es un personaje más empático. Podemos juzgar sus métodos, políticamente incorrectos y, en ocasiones, despreciables, pero debemos tener en cuenta sus circunstancias. La clase social es determinante. Explica que mienta, estafe y extorsione para poder cumplir su sueño. Puede parecer que Marty es un personaje sin arco. Que niega todos los errores que comete, incluido el de dejar embarazada a su novia (algo que le ata a un mundo de responsabilidades que le aleja de su objetivo). Pero sus contradicciones hallan un momento de redención al final.
Este torbellino de personaje, de incesante verborrea, ciertamente seductor e incansable en sus metas y objetivos, no es el único de la película. Todos los demás, maravillosos y complejos secundarios, se ven envueltos en su espiral de caos y destrucción. Su novia embarazada, maravillosamente bien interpretada por Odessa A’zion. Su amigo Wally el taxista. El mafioso Ezra Mishkin y su perro Moses. La actriz Kay Stone (Gwyneth Paltrow), con quien mantiene un romance y cuyo marido puede llevar a Marty a Japón. Merece la pena detenernos en los dos personajes femeninos. Es una lástima que estas mujeres, víctimas de los mecanismos machistas de Marty, se rindan con tanta facilidad a semejante personaje en vez de plantarle cara como otros hacen.
El guion sigue la fórmula Safdie. Una concatenación de situaciones cada vez más estrambóticas, de imposible solución, que ahogan tanto a su protagonista como al espectador. Es tal su ambición que acumula más excesos de los que se puede permitir. Quizá sufra de hipertrofia, con tantas tramas que desbordan sus 2h30 de duración, pero no se puede negar lo divertidas que son. La mejor puede ser la que involucra al mafioso en busca de su perro, o la estafa que termina con la explosión de una gasolinera. Se puede cuestionar la verosimilitud de un relato como este, aunque el tono justifica cada volantazo argumental mediante la comedia negra, el thriller y pequeños toques de drama. Es intencionalmente extenuante y agotadora, pero vibrante y pasmosa en sus momentos de clímax.
La dirección es exactamente lo que cabe esperar del director de Diamantes en bruto. Safdie rueda con una cámara en mano de gran precisión y elegancia y consigue un acabado visual y sonoro inmersivo y atmosférico. Mención especial a la música original de Daniel Lopatin, de estilo ochentero en el Nueva York de los años 50. El director planifica pensando rigurosamente en el punto de vista. Abundan el primerísimo primer plano y el plano detalle, mientras que el Plano Medio y el Plano General quedan solamente para situar al espectador cuando es estrictamente necesario. Su trabajo con el ritmo es admirable, tanto en guion como en montaje. No es nada que no hayamos visto entes en la obra de Safdie pero aquí funciona de maravilla. También incluye algunas licencias estéticas de escándalo, como la secuencia de créditos inicial.
Una de los grandes logros de esta película es su interpretación central. A nadie debería sorprenderle que Timothée Chalamet clave papeles hechos a su medida, pero pocas veces vemos a un actor como él desaparecer en pantalla y convertirse en otra persona. Tan solo en manos de grandísimos directores de actores como Luca Guadagnino, el actor logra esa excelencia que, como el personaje al que encarna en Marty Supreme, persigue con todas sus fuerzas. Chalamet aquí está totémico. Puede ser su mejor interpretación hasta la fecha, con permiso de Hasta los Huesos del mismo Guadagnino, que es una de mis Road Movies preferidas..
En definitiva, una película digna de ser nombrada entre las mejores de su año y una fuerte contendiente en los Oscars de 2026.






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