Crítica de Cumbres Borrascosas de Emerald Fennell
La primera película-evento de 2026 no es otra que la nueva adaptación de la novela de Emily Brontë «Cumbres Borrascosas», escrita y dirigida por Emerald Fennell. Una adaptación que está dando mucho de qué hablar. Aquí mi crítica.
Desde luego, no será por adaptaciones de la novela de Brontë. La novela gótica de 1847 se ha reflejado en más de 15 películas a lo largo de un siglo largo de historia. Desde apuestas clásicas y teatrales como la de William Wyler en 1939, con música de Alfred Newman, hasta aproximaciones más personales y libres como la de Andrea Arnold en 2011. Pasando por Abismos de Pasión (1954) de Luis Buñuel, que lleva la historia a su terreno sin dejar de lado el espíritu del material original.
Yo soy de la opinión de que no existe nada sagrado. Ninguna obra es un campo intocable, sino que está sujeta a toda clase de reformulación en cualquier disciplina artística. Todo autor, sea quien sea, tiene la potestad de re-imaginar el texto de Brontë y convertirlo en algo, incluso, irreconocible. Pero es cierto que hay adaptaciones especialmente dolorosas.
Esta nueva versión corre a cargo de Emerald Fennell en su tercer largometraje como directora y guionista. Después de debutar en 2020 con Una Joven Prometedora y ganar el Oscar a Mejor guion original, la filmografía de Fennell genera una gran disparidad en la recepción crítica. O la amas o la odias. Aquí nos inclinamos por lo segundo. No es que su primer largometraje sea deleznable, pero tampoco es destacable. Esa suerte de reformulación del rape & revenge es puro cliché y efectismo con poco talento en la dirección. Curiosamente, muchas películas de los 70 y 80 que miran a las víctimas con lascivia terminaban en lugares más feministas al darle a la protagonista una catarsis. Fennell, en cambio, ni eso.
La guinda la pone Saltburn (2022), una relectura de El talento de Mr Ripley que es un completo desastre narrativo. Su provocación gratuita, pésimo desarrollo de personajes y estilo visual hortera evidenciaban las carencias de Fennell como directora. Años más tarde de ese atentado fílmico, la noticia de que Fennell pensaba adaptar Cumbres Borrascosas hizo saltar todas las alarmas. La sola idea hace temblar al más valiente, pero no por eso debemos dejar de verla y analizarla.
Si la novela de Brontë se desarrolla en una innovadora estructura de Matrioshka, la visión personal de Fennell la convierte en algo más lineal. En 1771, en los páramos del condado inglés de Yorkshire, un niño, Heathcliff, es rescatado y convertido en el esclavo de la familia Earnshaw. La hija, Catherine, le trata primero como a su mascota y más tarde como a su amigo. Su relación, con el paso de los años, desemboca en una prohibida pasión amorosa. Aunque claro, el material original se caracteriza por los matices que Fennell ha suprimido en su adaptación. Primero, que Heathcliff es gitano y toda su vida está marcada por la violencia racial que sufre en la casa. Segundo, el clasismo hipócrita y cruel que Fennell reduce a su mínima expresión. Y tercero, la conspiración, el odio y la venganza que caracteriza a los personajes, queda aquí edulcorado y simplificado.
Nada de esto debería ser considerado un error de por sí. De hecho, pocas son las adaptaciones de la novela que incluyen estos tres factores, y no por ello son malas películas. Al contrario. No valoramos lo mucho o poco que se parece al material original, sino la calidad del filme. Pero sí es cierto que estas tres decisiones resultan tan chocantes como molestas, porque Fennell parece negar la complejidad de la novela de Brontë para enfocarse en el aspecto más romántico de la misma.
Es complicado definir a Emerald Fennell como directora. A veces parece alguien que anda en busca del exceso y de la hipérbole. Por cierto, excesivo en Cumbres Borrascosas es su duración. 136 minutos en los que la directora no logra desenvolverse con inteligencia ni talento, sino con ensimismamiento y negligencia. Esta Cumbres Borrascosas no les llega a la suela de los zapatos a estupendas adaptaciones de clásicos literarios como Orgullo y prejuicio (2005), Jane Eyre (2011) o Emma (2020). Siendo justos, Fennell no trata de ser el tipo de directora que no es. Ella no trabaja con sutilezas, ni con un tono naturalista. Definitivamente, lleva la novela a su terreno, aunque arrase con todo a su paso.
Esta versión apuesta por una representación erótica de la atracción entre Heathcliff (Jacob Elordi) y Catherine (Margot Robbie), pero el resultado es más parecido a 50 sombras de Grey (2015) que a El Piano (1993) de Jane Campion. Recurre mucho al plano detalle: espaldas sudadas, labios, manos, dedos, huevos rotos… pero el resultado es más sonrojante que sugerente. Un gesto tan sencillo como cuando Mr. Darcy coge de la mano a Elisabeth en Orgullo y Prejuicio (2005) está a años luz de los momentos eróticos que construye Fennell aquí. Incluyendo el momento voyeur, en el que Catherine espía un acto sexual (de un sadismo vergonzoso). Aunque todo apunte al exceso, el resultado es tímido, conservador y nada atrevido.
La estética que impregna Fennell a sus imágenes es de gran importancia. Mientras que el primer acto de la película se sitúa en escenarios sombríos, sucios y fríos, la segunda abre la puerta al lujo. Una oportunidad perfecta para desarrollar ese conflicto de clases que tan importante es en la historia, pero que tan desaprovechado queda. El contraste se produce cuando Catherine se casa con Edgar Linton, su adinerado vecino, dejando a su alcohólico padre abandonado en la casa familiar. Catherine va en una ocasión a verle, descubriendo su estado lamentable y cercano a la muerte. Y hasta aquí, todo el discurso de la directora en la diferencia de clases.
Tanto Catherine como Heathcliff se ven transformados por la clase. Ella cambia su salvajismo por la rectitud de su marido y su nuevo entorno. Él, que siempre ha sido de aspecto rudo y desaliñado, regresa a la vida de Catherine con riqueza y formas radicalmente opuestas. Y solo entonces se produce un romance entre ellos, no cuando sus corazones lo pedían sino cuando sus estatus lo permiten. Esto, de nuevo, está tremendamente desaprovechado en la película. Fennell lo simplifica hasta que pierde su significado. Esto provoca que cuando la historia llega a puntos perversos y trágicos, todo se sienta gratuito y forzado. Porque todo lo que justifica estos actos se ha pasado por alto.
Si Saltburn era desastrosa, Cumbres Borrascosas no se queda atrás. Sin embargo, su estética barroca y sobrecargada genera imágenes de cierto deleite visual. Los escenarios naturales neblinosos y secos. Los interiores lujosos y coloridos. La luz, de carácter expresionista, que desnaturaliza la atmósfera, volviéndola opresiva y lírica. Este imaginario pide una dirección que dé unidad y sentido narrativo al conjunto, pero nada más lejos de la realidad. La escena en la que descubrimos que el padre de Catherine ha muerto alcoholizado es lamentable. El plano del cadáver rodeado de botellas tiene la sensibilidad estética de un prompt de chatgpt. Así como las imágenes más importantes de la película. Todo se siente gratuito, efectista, fuera de todo orden y lógica, en busca de un impacto visual propio de los tiempos que corren.
El montaje es otro de los grandes enemigos de Emerald Fennell porque sus películas salen asfixiadas de la sala de montaje. Uno podría ver escenas sueltas de Cumbres Borrascosas y pensar que no están nada mal. Pero una película no es una colección de momentos, sino una estructura armada. Esta película se cae a trozos conforme avanza. Esto es algo que sucede en la filmografía de más directores como Zack Snyder. Construye momentos pero luego no sabe encajarlos. Dicho de otra forma, no sabe narrar. Esta clase de desastres funcionan bien en redes sociales porque dejan muy buena impresión del producto final. Una falsa ilusión de que la película es buena, porque aquella escena que vi en TikTok lo parecía.
Sin embargo, esta pésima adaptación no lo es. Sus virtudes no son mérito de Fennell sino de otros profesionales que han trabajado duro en su campo. El director de fotografía, el director de arte y los compositores (incluyendo a Charli XCX, que hace temas más sugerentes y potentes que las propias imágenes a las que acompañan) hacen trabajos espectaculares que, sin embargo, no tienen cabida dentro de una película tan mala como esta. Son un envoltorio bonito, no elementos que sumen o aporten.
Así, en definitiva, la nueva película de Emerald Fennell es lo que se temía. Ni más ni menos.






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