El cine Musical. De los inicios hasta nuestros días
El musical cinematográfico ocupa un lugar paradójico en la historia de Hollywood. Es al mismo tiempo un género popular como espectáculo puro y un laboratorio de ensayo de nuevas formas de unir imagen, música, danza y relato. Hablamos del cine musical desde sus inicios hasta nuestros días.
El cine musical parece invitar más a sentir que a analizar. Sin embargo, recorrer su historia permite ver cómo, detrás del glamour se esconden transformaciones profundas en la industria, en los gustos del público y en la manera de representar el amor, el cuerpo y el deseo.
Desde su nacimiento con el cine sonoro hasta llegar al panorama contemporáneo, el musical ha sido un espejo —a veces deformante, a veces revelador— de la cultura popular estadounidense.
1. ¿Qué es el cine musical?
Se trata de un género cinematográfico cuya narrativa pasa por la música y la danza, ya sea en forma de canciones, de números musicales o de diferentes tipos de baile. Dicho lo esencial, hay que distinguir diferentes estilos de narración musical. En unos casos, el discurrir de la historia y de los personajes se interrumpe con un número musical, mientras que en otros la música forma parte de la estructura narrativa.
El género musical nació como prolongación de los espectáculos teatrales de variedades. Ese trasvase ha continuado en el tiempo en mayor o menor medida. Las que eran inicialmente comedias musicales ligeras, con el tiempo se fueron complejizando y tornando en dramas musicales.
Démosle un repaso a la historia del cine musical.
2. El nacimiento del musical: deseo de evasión
El punto de partida simbólico del musical cinematográfico es El cantor de jazz (1927) de Alan Crosland, la primera gran película sonora comercial. Superada la etapa del Cine Mudo y más allá de sus limitaciones formales, su importancia histórica es capital. El Cantor de Jazz demostró que el cine podía hablar y emocionar. Hollywood entendió rápidamente que el sonido no era solo un añadido técnico, sino la puerta de entrada a un nuevo tipo de espectáculo.
No es casual que el musical florezca en los años de la Gran Depresión. En una época marcada por la precariedad y la incertidumbre, el público buscaba evasión, glamour y esperanza de ascenso social. El musical ofrecía todo eso: lujo, diversión y final feliz. El teatro, la radio y el cine formaban parte de un mismo ecosistema cultural: las canciones viajaban de un medio a otro y el espectador podía reconocerlas y hacerlas suyas.
A esta edad dorada pertenece la comedia musical Calle 42 (1933) de Lloyd Bacon. El ascenso al estrellato de una joven corista se cuenta con espectaculares números musicales ideados por el gran Busby Berkeley. La cámara sigue y le saca el mayor partido posible al gran despliegue de coreografías, bailarines, cantantes y coros.
3. Astaire y Rogers: el cine musical como relato amoroso
Si hay una pareja que encarna el espíritu del cine musical clásico, esa es la formada por Fred Astaire y Ginger Rogers. Películas como Sombrero de copa (1935) de Mark Sandrich o En alas de la danza (1936) de George Stevens convirtieron el baile de pareja en una forma de narración amorosa. No se trata solo de lucimiento técnico: cada número es un diálogo corporal de seducción.
En Sombrero de Copa, por ejemplo, la coreografía “Cheek to Cheek” no es un simple interludio musical: es el momento en que los personajes, tras una serie de malentendidos, llegan a un entendimiento. El musical clásico propone así una idea poderosa: los problemas se resuelven bailando. La cámara acompaña los cuerpos en todo momento, evitando el montaje fragmentado y privilegiando el plano general largo que permite apreciar la destreza de los bailarines.
Estas películas fijan también un modelo de masculinidad y feminidad: él, elegante y seguro; ella, ingeniosa y cómplice. La danza se convierte en un ritual de aproximación, una forma estilizada de la dialéctica amorosa.
4. Vincent Minnelli y Gene Kelly: la era del Musical de MGM
Tras la Segunda Guerra Mundial, el musical vive una segunda edad de oro, especialmente bajo el paraguas de la Metro-Goldwyn-Mayer y del equipo del productor Arthur Freed. Aquí el género alcanza un grado de sofisticación formal sin precedentes y se vuelve cada vez más consciente de su propio artificio.
Un hito fundamental es Cantando bajo la lluvia (1952) de Stanley Donen y Gene Kelly. Más allá de su celebrada secuencia titular, la película es una simpática recreación del paso del cine mudo al sonoro. El musical se mira a sí mismo y convierte su propia historia en espectáculo. Gene Kelly encarna una idea más atlética y terrenal del baile que Astaire: su cuerpo es menos etéreo, más físico, más cercano al esfuerzo.
Otro título clave de esta época es Un americano en París (1951) de Vincent Minnelli, cuyo ballet final de casi veinte minutos es una declaración de principios: el cine puede suspender la narración realista y entregarse por completo a la fantasía pictórica y musical. Minnelli concibe el mundo como un escenario potencial, donde cualquier emoción puede transformarse en color, decorado y movimiento.
En Melodías de Broadway (1953), el mismo Vincent Minnelli reflexiona de nuevo sobre el propio espectáculo y sobre la tensión entre arte y entretenimiento. El género alcanza aquí una madurez autoconsciente: sigue siendo ligero, pero ya no ingenuo.
5. Cuando el cine musical se vuelve dramático
A partir de mediados de los años cincuenta algo empieza a cambiar. El musical ya no puede sostener siempre el mismo tono de comedia romántica optimista. La sociedad estadounidense vive transformaciones profundas y el cine las refleja. Un buen ejemplo es Ha nacido una estrella (1954) de George Cukor, donde Judy Garland interpreta a una cantante que asciende mientras su mentor y esposo se hunde en el alcoholismo. Una historia cuyo último Remake llegó en 2018 de la mano de Bradley Cooper y Lady Gaga. Llegó el drama musical.
El género sigue produciendo grandes éxitos, como West Side Story (1961) de Robert Wise y Jerome Robbins, que traslada Romeo y Julieta a las calles de Nueva York y convierte el enfrentamiento entre bandas en danza violenta y trágica. La coreografía ya no es solo seducción: es también agresión, territorio, identidad. El musical se abre al conflicto social y a un tono más sombrío. Otros ejemplos de la época son My Fair Lady (1964) de George Cukor y Sonrisas y lágrimas (1965) de Robert Wise. Esta última representa en otro registro, una de las últimas grandes afirmaciones del musical clásico: una historia donde la música es refugio moral frente a la amenaza histórica.
En su conjunto, el cine musical empieza a perder centralidad en Hollywood, presionado por el auge del realismo, el thriller y las nuevas músicas populares, especialmente el rock.
6. La reinvención del cine musical en los años setenta
Hablamos de unos años en los que el musical ya no es un género hegemónico aunque sobrevive en diversas formas. Cabaret (1972) de Bob Fosse es un ejemplo magistral: ambientada en el Berlín previo al nazismo, utiliza los números musicales como comentarios irónicos y siniestros sobre la degradación moral y política de la República de Weimar. El escenario del cabaret no es evasión, sino espejo deformante de una sociedad en crisis.
Otro caso singular es Fiebre del sábado noche (1977) de John Badham. Aquí la música disco y el baile expresan el deseo de escape de un joven de clase obrera atrapado en una vida sin horizontes. El baile ya no conduce al romance ideal, sino a una búsqueda de identidad. El musical se mezcla con el drama social y pierde buena parte de su inocencia. Grease (1978) de Randal Kleiser es otro gran hito de la década, que es una revisión musical de la típica película de adolescentes de instituto.
En All That Jazz (1979) de Bob Fosse, el género se vuelve abiertamente autobiográfico y funerario: la danza es al mismo tiempo celebración y cuenta atrás hacia la muerte. El musical, en cierto modo, empieza a cantar su propio réquiem.
7. El Cine Musical en los 80 y 90: del pop juvenil a la animación
En los años ochenta, el musical encuentra un nuevo público en los jóvenes, con títulos como Fama (1980) de Alan Parker o Flashdance (1983) de Adrian Lyne, donde la danza se asocia al esfuerzo individual y al éxito profesional. Dirty Dancing (1987) de Emile Ardolino retoma la estructura de romance y aprendizaje corporal, pero en un registro más nostálgico y simplificado. The Blues Brothers (1980) de John Landis es otro ejemplo más del momento que vivió el cine musical en esos años.
En paralelo, el cine de animación infantil recupera la tradición del cine musical. Películas como La Bella y la Bestia (1991) de Gary Trousdale y Kirk Wise o Aladdin (1992) de Ron Clements y John Musker integran canciones en relatos de corte clásico y devuelven al género su función de fábula emocional. Aquí, el musical sobrevive en el territorio del cuento, donde lo maravilloso sigue siendo verosímil.
8. El cine musical en el siglo XXI: homenaje y nostalgia
El nuevo milenio trae intentos puntuales de resucitar el musical clásico. Moulin Rouge! (2001) de Baz Luhrmann propone un collage vertiginoso de canciones pop del siglo XX en una estética barroca y posmoderna. Es un musical tardío en plan revival. Funciona más como celebración nostálgica que como verdadera refundación del género.
Chicago (2002) de Rob Marshall, por su parte, recupera el espíritu de Bob Fosse y lo combina con el thriller. Los números musicales se presentan como fantasías de los personajes, separadas de la acción “real”, lo que subraya la fractura entre espectáculo y vida. El musical ya no puede integrarse ingenuamente en la narración: debe justificarse, ironizarse o comentarse a sí mismo.
También aparecen adaptaciones de grandes éxitos teatrales, como Los Miserables (2012) de Tom Hooper, que confirman una tendencia: el cine ya no genera tantos musicales originales, sino que importa productos consagrados en otros escenarios.
El último ejemplo de cine musical de corte clásico es La La Land (2016) de Damien Chazelle. El éxito de crítica y público de esta película viene a demostrar que el cine musical no está muerto.
9. Grandes compositores del Cine musical
9.1. Leonard Bernstein
Representa el puente entre la música académica del siglo XX y el teatro musical popular. Formado como director y compositor, Bernstein llevó al musical una intensidad rítmica y armónica poco habitual hasta entonces. Su obra más famosa en el cine es West Side Story (1961, adaptación del musical de 1957), una reinterpretación de Romeo y Julieta en clave urbana, donde conviven el jazz, la música latina y la tradición sinfónica. Canciones como “Maria”, “Tonight” o “America” no solo funcionan como números independientes: están integradas a la dramaturgia, definen a los personajes y empujan la acción. Bernstein ya había explorado ese cruce de estilos en Un día en Nueva York (1949). Su sello es reconocible: ritmos incisivos, armonías audaces y una energía que hace que la música “camine” con los personajes.
9.2. George Gershwin
Es el maestro de la fusión entre el jazz y la tradición clásica estadounidense. Aunque su obra no es muy extensa, dejó una huella enorme en el cine musical y en la cultura popular. Obras como Rhapsody in Blue o Un Americano en París capturan el pulso urbano de Nueva York y París con una frescura que Hollywood supo aprovechar. El ballet final de esta última película viene a ser un relato visual de gran ambición. Gershwin también compuso, junto a su hermano Ira, canciones inmortales para comedias musicales, y su ópera Porgy and Bess tuvo múltiples adaptaciones cinematográficas. Su estilo se reconoce por la mezcla elegante de blues, swing y lirismo romántico, siempre con una sensación de modernidad optimista.
9.3. Otros Compositores del cine Musical
Cole Porter aportó sofisticación, ironía y un sentido del humor muy fino; sus canciones para películas como Alta Sociedad (1956) o Kiss Me, Kate (llevada al cine en 1953) brillan por letras ingeniosas y melodías refinadas.
Irving Berlin, en cambio, encarnó la accesibilidad y el espíritu popular: Navidades Blancas (1954) y Desfile de Pascua (1948) son ejemplos de su capacidad para crear himnos emocionales que se incrustan en la memoria colectiva.
Richard Rodgers, primero con Lorenz Hart y luego con Oscar Hammerstein II, redefinió el musical integrado, donde canción, historia y personajes forman un todo orgánico. Películas como Sonrisas y Lágrimas (1965), Oklahoma! (1955) o Carousel (1956) muestran un estilo melódico expansivo y una claridad narrativa que marcaron época.
Jerome Kern, con Magnolia (1951), abrió el camino a un musical más dramático y menos dependiente de la mera sucesión de números, mientras que Harold Arlen aportó un color armónico más de blues y melancólico en obras como El Mago de Oz, cuyo “Over the Rainbow” es casi un manifiesto de la esperanza.
No se puede olvidar a Frederick Loewe, socio creativo de Alan Jay Lerner, responsable de My Fair Lady, Camelot y Gigi, donde la elegancia europea se mezcla con la tradición estadounidense.
Ya en una etapa posterior, Stephen Sondheim —discípulo de Hammerstein— empujó el género hacia territorios más psicológicos y complejos; aunque su relación con el cine fue irregular, adaptaciones como Sweeney Todd muestran cómo el musical podía dialogar con tonos más oscuros.
Estos compositores y otros muchos son grandes de la Música de Cine. Sin ellos no se entienden ni el cine musical ni el cine en general.
10. El cine musical de Bollywood
Mientras Hollywood reduce el musical a eventos esporádicos, en India el género sigue siendo el corazón del cine popular. En Bollywood, cantar y bailar no es una excepción, sino la norma, independientemente de que la historia sea romántica, criminal o épica. Esta vitalidad recuerda, en cierto modo, al Hollywood de los años treinta y cuarenta, cuando la música y el cine formaban un mismo pulso cultural.






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