Crítica de «Los Domingos» de Alauda Ruiz de Azúa
Hoy le toca el turno a otra pequeña-gran película, ese tipo de historia que -por lo que hemos visto de ella hasta ahora- se le dan tan bien a su directora. Os dejo con mi crítica de Los Domingos de Alauda Ruiz de Azúa.
En 1951, Manuel Mur Oti estrenó su obra maestra Cielo Negro. La historia de una joven y desgraciada chica cuya vida se torna en irremediable tragedia hasta conducirla al suicidio. En vez de precipitarse al vacío desde el Viaducto, es guiada por las campanas de la basílica de San Francisco el Grande. Una vez en la capilla, hipnotizada como en plena revelación mística, el anuncio de suicidio se ha transformado en ganas de vivir. La cámara adopta el punto de vista de una divinidad, observando al ser indefenso y arrepentido. La revelación religiosa no es una reivindicación de la iglesia, sino un mensaje sobre la indisponibilidad de la vida por parte de quien la posee, en el contexto de los años de posguerra en los que sucede esta historia.
En Los Domingos, encontramos una escena parecida. Ainara (Blanca Soroa), una chica de 17 años, reza en una iglesia desconsoladamente por la muerte de su abuela. Le dice a Dios que se abandona a él. Y en el momento en el que se rompe, afirma que no puede más. En ese momento de máxima crisis, escucha la voz de aquel a quien rezaba. Y su llanto se convierte en una alegría eufórica, como una declaración de amor profundamente sincera y desesperada. Pero lo cierto es que Ainara no está ahí rezando, ni mucho menos. Está atrapada en un bucle en el que repite constantemente lo mismo hasta escuchar lo que quiere escuchar.
Los Domingos es la nueva película de Alauda Ruiz de Azúa (Cinco Lobitos, Querer), brillante componente de la nueva generación de directoras españolas. La cinta fue ganadora de la Concha de Oro en San Sebastián 2025 y tiene todo el aspecto de que será futura ganadora del Goya. Además, es una película que da mucho de lo que hablar. Tenemos la historia de la joven chica que, a sus 17 años, ha tomado la decisión de dedicar su vida a la vocación religiosa en un convento de monjas. Pero también es la historia de su familia, de su entorno escolar y de los eventos del pasado que la han llevado a estar donde está.
Ainara perdió a su madre hace ya unos cuantos años. En palabras de su abuela, tantos que solo recuerdan «lo bueno» de ella y no lo malo. De ella conserva un collar con la virgen, que la conecta tanto con su madre como con la religión. Esta ausencia ha generado un vacío en Ainara que solo Dios ha podido rellenar. Su padre Iñaki (Miguel Garcés), propietario de un restaurante y siempre preocupado por el dinero, ha querido y podido superar esta pérdida, rellenando el mismo hueco con otra mujer. Iñaki es una persona que busca rehacer su vida al completo, pero cuyos planes no incluyen a Ainara ni a otros miembros de su familia. Entre ellos a su hermana Maite (Patricia López Arnaiz), con quien parece vivir siempre en conflicto. Una mujer que, además, no se encuentra a gusto con su matrimonio.
Esta no es la primera familia que monta Alauda Ruiz de Azúa. La cineasta tiene experiencia en crear dinámicas familiares que cuentan muchísimo de quienes son y de dónde vienen con muy poco. En Los Domingos, vemos una familia en descomposición. Los domingos, las reuniones familiares en casa de la abuela, han perdido su significado. Ahora son conversaciones pasivo-agresivas, cuchicheos en la cocina y echarse en cara cosas. Pero la noticia de que Ainara quiere ser monja es el hecho que termina de romperlos. Maite, que desprecia a las instituciones religiosas, está radicalmente en contra de esta decisión. Iñaki tiene mayores preocupaciones; nunca le pide a Ainara que no lo haga o que se lo replantee, como le reprocha su hermana al final de la película. Esto, y la repentina muerte de la abuela, es lo que termina por romper el inestable núcleo familiar.
No hay solo familia en Los Domingos. También tenemos las figuras de autoridad que guían a Ainara en su vocación. Uno de ellos es el Padre Chema, director espiritual de Ainara. Un cura joven y de actitud amable que ejerce una sutil manipulación constante. «Su hija es inteligentísima», «Bueno, director… yo prefiero llamarme acompañante». Por no hablar de cómo al confesar Ainara estar sintiendo atracción hacia un chico, el padre le hace creer que se trata de Jesús hablándole a través de él. También está la madre superiora Sor Isabel (Nagore Aranburu), con su apariencia inocente pero tan calculadora como Maite cree que es. La constante presencia de estas figuras allanan el terreno para que Ainara haga su proceso de la forma más orgánica posible. ¿Acaso no es esta la mejor forma?
Si de algo se nutre Los Domingos es de ambigüedad. No es una película que exponga su posición al espectador, aunque eso no significa que sea críptica. Al fin y al cabo, Alauda se caracteriza por su sutileza. Su posicionamiento queda bien definido. La película abre en una habitación oscura, cuando un móvil ilumina muy parcialmente un crucifijo. La primera vez que vemos a las monjas de clausura es través de unos barrotes. Elemento que se repetirá varias veces, reforzando esa idea de cárcel. Alauda se posiciona en un punto totalmente terrenal, tanto que la cámara nunca apunta hacia el cielo, sino hacia la tierra. En la escena de Ainara rezando, cuando recibe la respuesta de Dios, la cámara no sugiere el punto de vista de lo divino, como en Cielo Negro. Se queda en su rostro, sin indicios de que haya algo espiritual fuera de campo.
Pero al mismo tiempo, Alauda Ruiz de Azúa trata la espiritualidad de Ainara y al resto de personajes creyentes con un respeto y una curiosidad admirables. A pesar de que ella se identifica sobre todo con el personaje de Maite, no evita escuchar a aquellos que piensan lo contrario. La escena que mejor refleja esto es cuando Pablo, la pareja de Maite, pregunta a Ainara cómo habla con Dios. No es un diálogo en el que él se burle, sino uno en el que se aproxima a las creencias de ella con plena curiosidad. Y Ainara no es la única joven en explicar su devoción. También está aquella otra chica joven del convento, que le cuenta a Ainara cómo acabó ahí. O las monjas extranjeras que llevan ya una larga temporada viviendo entre esas paredes. La directora no rehúye nada de esto, sino que lo aborda con honestidad.
Los Domingos no es una película perfecta. Aunque Alauda hace un gran trabajo de guion, su último acto flaquea en estructura. La estancia de Ainara en el convento se ve bruscamente interrumpida por la injustificada muerte de su abuela. A esto le sigue una extraña elipsis de meses en la que Iñaki ha tenido un nuevo hijo, Maite rompe relaciones con toda su familia y Ainara finalmente toma los votos. También podemos cuestionar algunas decisiones de montaje. Alauda es una excelente directora de actores y así lo demuestran las excepcionales interpretaciones que pueblan la película. Pero el montaje tiene demasiada prisa por capturar reacciones y gestos, cuando las imágenes y el texto piden un ritmo menos acelerado. Este montaje deja fuera además a la abuela, el familiar con peso en la trama más pobremente escrito con diferencia. Su presencia es puramente instrumental, así como lo es también su muerte.
Con todo, Los Domingos es una gran película. Una que crece con cada visionado, capaz de congeniar dos ámbitos enfrentados por la historia moderna sin tomar partido en ningún momento: fe y razón. Esencialmente es una película sobre dos formas de amar, contempladas ya en la canción de Nick Cave que se repite durante la película: una posesiva y una generosa.





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